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miércoles, 11 de abril de 2012

EL PELÍCANO DEL MUSEO



Si conocido es el pelícano de la Hermandad del Amor, así como el del paso del Silencio, hoy nos vamos a ocupar de uno de mucho menor tamaño y que pasa desapercibido para el gran público: el pelícano del respiradero trasero del paso de la Sagrada Expiración.

El ave haciéndose sangre para alimentar a sus polluelos simboliza el Amor de Dios hacia los hombres, derramando su propia sangre para alimentar a sus hijos. 

La talla del paso correspondió a Rafael Fernández del Toro, siendo estrenado el Lunes Santo de 1940, como ya  vimos en la entrada titulada ALGUNOS ESTRENOS DE 1940.

domingo, 4 de marzo de 2012

BASÍLICA DEL CACHORRO DE TRIANA



El Arzobispo de Sevilla, Monseñor Juan José Asenjo Pelegrina, ha anunciado hoy durante el transcurso de la Solemne Función Principal de Instituto, que Su Santidad el Papa BENEDICTO XVI ha concedido a esta Hermandad y a este Templo el TÍTULO DE BASÍLICA MENOR.

Tras el anuncio, seguido de un gran aplauso y repique de campanas, el Pastor de la Iglesia de Sevilla ha dado lectura, traduciendo del latín sobre la marcha, del nombramiento de la Basílica del Santísimo Cristo de la Expiración , haciendo entrega del mismo al Hermano Mayor, José María Ruiz Romero.

Triana ya tiene una Basílica.



sábado, 26 de noviembre de 2011

UN RELATO DE 1917 SOBRE EL CRISTO DEL MUSEO


De la pluma de José Andrés Vázquez (Aracena, 1884 - Sevilla, 1960), uno de los precursores del andalucismo histórico,  traemos hoy la transcripción de un interesante artículo que vio la luz en la primavera de 1917 en el SEMANARIO ESPAÑA. La primera de las fotografías se corresponde con la que acompaña a dicho texto en su publicación original, siendo el resto una aportación de nuestro archivo con imágenes de la época.

Espero disfruten de su lectura que les trasladará a una lejana noche del Viernes Santo..... 



SEVILLA: EL CRISTO DEL MUSEO (Obra de Cepeda.)
UNA IMAGEN SEVILLANA
EL CRISTO DEL MUSEO

UNA PLAZUELA SOLITARIA Y UN CRISTO SIN FERVOROSOS

En el rincón formado por el edificio del Museo y su capilla hácese una plazuela a trasmano, fuera del tránsito general y cubierta por un musguillo esmeralda que asoma tímido por los intírsticios del pavimento. Es una plazoleta que si no fuera por la vecindad de la casa que cobija los espíritus de Murillo, Zurbarán, Valdés Leal y otros, pareceríamos una vulgar placita puebleña sin otro encanto que el de su soledad.

Acudid en la noche del viernes santo sevillano a esa plazuela... Cuando hayáis visto el regreso de las cofradías trianeras por el puente sobre el Guadalquivir, después de escuchar las saetas desgarradoras de los encarcelados en el Pópulo, encaminaos hacia esta plazuela del Museo y aguardad el momento de volver a su capilla el Cristo dé la Expiración. No habrá en la placita muchas personas porque este crucifijo no tiene apenas el poder de sugerir exaltaciones contemplativas ni goza fama de milagrero: es un pobre Cristo retorcido y doliente que ni siquiera es de madera; un Cristo humilde que cada año por la Semana. Santa da un paseo por la ciudad para regresar tan triste como se fué, olvidado de todos y sin flores ni rezos.

En esta noche del viernes santo —noche maravillosa en que todo el cielo sé hace luna como observara Jacinto Ilusión—, acudid a la plazoleta del Museo para que sintáis la tristeza del pobre Cristo abandonado que torna de asomarse a la ciudad trayendo avivado el dolor de ver la indiferencia con que le ven pasar sus redimidos. Si acaso, un corazón de mujer compadecida cantará, para que no todo sea amargura en el martirizado, una saeta quejumbrosa en la noche clara, bajo las estrellas...

«Antes de entrar en tu templo,
Cristo de la Expiración,
a este barrio del Museo
échale tu bendición.»

Si es que sabe bendecir este Cristo, que no es de madera, bendecirá, sin duda, con toda el alma.

EL CRISTO NO ES DE MADERA

Allá por la décimasexta centuria un cordobés soldado fuese a Italia y como buen soldado de España alternó los deberes marciales con el aprendizaje del bello arte escultórico. Ora la pluma, ora el cincil, cuando Cepeda regresó a la patria era tan bravo capitán como buen escultor.

Los jóvenes plateros de Sevilla, la Sevilla de las cofradías gremiales, congregáronse en el 1580 y encargaron al escultor llegado de Italia un crucifijo a su tamaño natural representando al Redentor en el momento de volver al cielo los ojos, sintiendo el rigor con que le trataban en la tierra, para decir sus palabras:—Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Cepeda, el capitán escultor, hizo en pasta la imagen encargada: en una pasta de tierra, papel y cola. Materia deleznable ciertamente para representar la grandeza espiritual de Nuestro Señor Jesucristo, pero no por eso menos apta para contener la forma plástica del dolor humano en su extremo martirio.

ES UN HOMBRE QUE NO QUIERE MORIR

El Cristo del Museo es la imagen del Hombre que muere como hombre: del hombre que no acepta el inútil sacrificio de su muerte y vuelve la mirada hacia el Eterno Padre para protestar de sus rigores; que clama contra el abandono del cielo ante la bárbara consumación de una injusticia; que se subleva sintiéndose morir con la vulgaridad de un reo por delito ordinario... Es la imagen de la rebeldía en el momento angustioso de sentirse anulada para siempre; en el supremo instante de la renunciación y la desesperanza,' cuando la energía vital del hombre sano y útil se desploma con todas las ilusiones de amor y todas las ansias de vivir para todos y por todos morir después de haber iluminado la senda de la vida con el ejemplo sublime de sus virtudes.

Para un espíritu libre de prejuicios esta es la sensación que produce el Cristo del capitán Cepeda.

UN PRESENTIMIENTO DEL ESPÍRITU

Ante esta imagen del doloroso sacrificio prematuro, el espíritu evoca unas lecturas lejanas y unos hombres más lejanos aún... Aquellos famosos intérpretes de San Agustín, cuyas teorías se inician con el teólogo Bayo—Miguel de Bay—, siguen con Jacobo Janson y culminan en el Augustinus del obispo de Iprés, Cornelio Jansenio, al considerar a Jesús como un mortal, juzgaron que debió sufrir el martirio cual un hombre y no como divinidad insensible a la afrenta, al dolor y a la muerte. Cuando Cepeda estuvo en Italia causaba Miguel de Bay, en Roma y en el orbe católico, una enorme conmoción con sus ideas. ¿ Es posible que el soldado escultor intuyese la imagen de su Cristo a través de la nueva doctrina?

Dejemos a algún erudito el trabajo de investigar y depurar, si vale la pena, este presentimiento de un espíritu libre acuciado por el vago recuerdo de unas lecturas lejanas...

OTROS ESPÍRITUS...

Es posible que el espíritu de la muchedumbre presienta también la probable heterodoxia de esta imagen del Cristo del Museo, y por eso sea éste un pobre Cristo sin fervorosos? ¿Es posible que el espíritu colectivo cultivado unilateralmente en principios religiosos, entienda que este Cristo no acepta el sacrificio sin protestar de su esterilidad y por eso le abandona...?

EN LA PLAZUELA SOLITARIA

La plazuela del Museo contigua a la capilla es una plazuela solitaria donde reverdece el musgo, porque no la transita nadie.

El Cristo retorcido y doliente que nunca hizo milagros, vuelve solo y desconsolado de la procesional exhibición desapercibida, sin flores y sin rezos.

Y si no fuera por esa mujer compadecida que le dedica una saeta, pidiéndole en cambio una bendición, tornaría a su templo con la martirizadora certeza de espirar, bajo el cielo impasible e infinito, sacrificado inútilmente por una humanidad siempre cruel en su individualismo, egoísta por entero e insensible al dolor que pasa cerca, hiere la carne ajena y no clava su zarpa en la propia.

JOSÉ ANDRÉS VÁZQUEZ
Sevilla, Abril 1917.

miércoles, 19 de octubre de 2011

SUDARIOS TEXTILES

En esta ocasión vamos a tratar sobre Cristos que en alguna ocasión han visto sustituido el tradicional sudario tallado sobre la propia escultura por otro de tela.

El primero que vemos es el Crucificado de la Sagrada Expiración, de la Hermandad del Museo. En este caso se trata de una escultura muy especial, al no estar tallada sino realizada en pasta de madera, obra de Marcos Cabrera en 1575. El paño de pureza textil parece sobrepuesto sobre el sencillo paño de la propia Imagen, siendo de un tejido con abundantes encajes y anudado en la cadera derecha del Crucificado.

La fotografía debió ser tomada antes de 1895, pues aquel año el imaginero Manuel Gutierrez Reyes-Cano restauro la Imagen, fijándole un nuevo sudario de telas encoladas con el que ha llegado a nuestros días.

A continuación vemos el conjunto escultórico creado por José Montes de Oca hacia 1740 en una fotografía que podríamos datar en los primeros años del siglo XX.

El Stmo. Cristo de la Providencia aparece en los brazos de Su Madre, con el sudario de talla cubierto por un paño de tul con encajes.

Al igual que el sudario sobrepuesto, aparecen en esta fotografía otros elementos que no son utilizados en la actualidad por la Cofradía Servita, como son las potencias del Cristo y la ráfaga de la Virgen de los Dolores.

Por último traemos una fotografía de finales del siglo XIX en el que observamos al Cristo Yacente de la Hermandad del Santo Entierro. La magnífica talla de Juan de Mesa ha sido cubierta en casi un 50% por un paño de pureza sobrepuesto, que le cubre desde el abdomen hasta la altura de las pantorrillas.

viernes, 29 de julio de 2011

LOS CALVARIOS QUE PERDIMOS (II)

En esta segunda entrada dedicada a los calvarios que perdimos vamos a ver el Calvario que formaba el Cristo del mismo nombre, junto a la Virgen de Presentación, San Juan Evangelista y las tres Marías, y que procesionó de esta manera desde 1888 hasta 1894.

La Imagen del discípulo amado pertenece todavía al patrimonio de la Hermandad siendo obra de Juan de Astorga y Moyano, María Magdalena pertenece a la Expiración de Huelva y las dos Marías restantes, desconocemos que fue de ellas. Las tres fueron talladas por Ángel Álvarez en 1888. Por aquella época la Hermandad residía en San Ildefonso.







La segunda fotografía, si bien nos ofrece una perspectiva muy parecida, fue claramente tomada en otro año diferente, algo que apreciamos claramente en los pliegues de las vestiduras, la Diadema de la Stma. Virgen y sobre todo, por que aquí no vemos los dos ángeles que se ven en el costado de la canastilla en la otra fotografía. El paso sobre el que se compone la escena, fue adquirido al parecer a alguna Hermandad de fuera de Sevilla, siendo de líneas muy sencillas, de madera pintada en blanco con algunos pequeños adornos y columnas que pudieran ser dorados. Cuatro candelabros de cinco guardabrisas iluminaban la escena.

Llama la atención en ambas fotografías, la gran elevación del Crucificado, destacando sobremanera del resto de imágenes.


CONTINUARÁ.....

lunes, 16 de mayo de 2011

1858: FERNÁN CABALLERO Y LA PROCESIÓN DEL CRISTO DE LA EXPIRACIÓN.



Transcribimos a continuación un artículo aparecido en prensa allá por el lejano año de 1858.


Está firmado por Fernán Caballero y en él se describe una estraña ciscunstancia dentro de la procesión del Cristo de la Expiración por la plaza de San Francisco.


La fotografía que ilustra esta entrada es lógicamente un fotomontaje intentando recoger las extrañas circunstancias de la procesión que se describe.



Rogamos su detenida lectura y posteriores comentarios...........




LOS ANGELITOS, en las procesiones de Sevilla.


Hace algunos años, niños míos, veíamos desde un balcón, no lejano de la gran plaza de San Francisco, profundamente conmovidos pasar una de las más hermosas procesiones de Semana Santa. Era la del Cristo de la Expiración, así denominado, porque la magnífica efigie, obra del gran Montañés, la más sublime de cuantas liemos visto, representa á nuestro Salvador en el momento de espirar.


Gracias al cielo, se conservan las procesiones, ese credo, ese acto de fe público y puesto en acción, ese intacto legado de los tiempos en que la Religión era para el hombre lo más, y toda otra cosa lo menos, tiempos en los que si había muchos que no eran buenos, reconocían que no lo eran, y de esta suerte dejaban la puerta abierta al arrepentimiento y á la enmienda, porque si la conducta era laxa, el espíritu era humilde.


Precedía el Paso una larga serle de penitentes cubiertos los rostros, ceñidas las cinturas con cuerdas, arrastrando tras sí las largas colas de sus túnicas moradas, y con gruesos cirios amarillos en las manos, que marchaban en dos filas á paso lento; el clero de la parroquia revestido de sus más ricos ornamentos, el Capitán general con su estado mayor, los hermanos mayores de las cofradías con sus estandartes y guiones les seguían. Las trompetas enronquecidas al intento, los tambores ensordecidos con el mismo objeto, la pausada marcha fúnebre que ejecutaba la música militar; todo digno, solemne y majestuoso, preparaba el ánimo á considerar conmovido aquella magnífica representación del Dios crucificado que elevada á gran altura era presentada á sus redimidos.


Visto desde el balcón aquel divino rostro alzado al cielo, aquellos ojos quebrados por el tormento y la muerte, pero aun dulces y misericordiosos, aquella boca entreabierta, de la que se ve exhalar su último suspiro, y se oye su última palabra, esa gran enseñanza de bien morir: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, conmueven a un punto y causan tal impresión, que solo se demuestra y solo se pinta con un raudal de lágrimas.


Ante el Paso, y como lucientes y suaves estrellas en aquella noche de dolor que enluta el alma, van una porción de niños vestidos de angelitos, algunos tan pequeños, que tienen sus padres que llevarlos de la mano. Sobre un vestido de punto que les ciñe el cuerpo, llevan túnicas de gasa guarnecidas do oro ó de plata; en sus piececitos sandalias sujetas con cintas, igualmente de oro ó plata, y alas de plumas colocadas en sus hombros; ciñen sus frentes diademas de pedrería, ó coronan sus rizadas cabelleras guirnaldas de flores; algunos figuran los arcángeles llevando sus atributos, otros llevan en pequeño los instrumentos de la Pasión.


En medio va una niña humildemente vestida de Verónica, que lleva extendido el paño en que se ve impreso el rostro del Señor. —Todos van serios, callados y graves, como si su mente infantil comprendiese en toda su extensión, cual te alta inteligencia de los espíritus que representan, toda la grandeza y sublimidad de la escena, ó bien como si estos altos espíritus que representan hubiesen penetrado en ellos para solemnizar, acompañándolo en esa forma la exhibición del suplicio de su Señor.


Si todos miran con amor é interés a estos angelitos bellos y graves, muy en particular lo hacen las mujeres con su apasionada ternura hacía los ángeles, y hacía los niños: así sucede que cada mirada femenina les envía una entusiasta bendición, cada sonrisa una caricia. ¿No se gusta, y en particular en la era presente, de emociones? ó no se buscan en lecturas, en teatros, en diversiones populares, y hasta en la vida pública y privada?—pues ahí las tenéis ;—no crueles, descompuestas, violentas, y de mala índole y peores consecuencias, sino que ahí las tenéis, suaves, santas y dulces. Ved todos esos rostros de hombros sosegados, y que la expresión de la bondad y del respeto ennoblece; ved los de las mujeres, en los que se mezclan con tanto encanto las sonrisas y las lágrimas, ¿hay acaso emociones más dulces y más bellas?


La procesión, atravesando el inmenso gentío que refluía hasta en los balcones y ventanas en que se agolpaban las señoras, había llegado a la plaza de San Francisco. De repente suena un rumor confuso, las gentes se turban, se arremolinan, corren sin sabor d(5nde ni porqué, y se atropellan en espantoso tumulto.


Esa plaza, esas calles un momento antes tan silenciosas y sosegadas, A pesar de la apiñada muchedumbre que las llenaba, presentan de repente el más asombroso cuadro de confusión y alarma; los gritos de los que huyen, los gemidos de los atropellados, las puertas que se cierran, forman un estrépito aturdidor, y sobre todo esto penetra un grito de espanto y terror lanzado por miles de labios femeninos desde los balcones: Los angelitos!—los angelitos!—


Las gentes en su insensato pánico han huido, y despejada aparece la plaza. En ella ha formado la tropa un cuadro semejante á una fortaleza; en medio de este cuadro, tranquilos, sosegados y sonriendo, están los angelitos; sus flores no se han ajado, los plumeritos de sus cascos se mecen suavemente en la calmada atmósfera que los rodea; cual la inocencia escudada por el respeto, nada han notado del tropel, de la agitación y del terror exterior.; ni han conocido el peligro que corrían!—Jamás se vio cuadro más conmovedor, espectáculo más encantador y simpático ! ¿Para quién no lo es, la noble fuerza, amparando á la desvalida inocencia.


FERNAN CABALLERO.


1858




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